Tomo prestado este texto del blog A pie de aula, de Lourdes Domenech, porque me parece algo cotidiano y a la vez revelador… y que puede ser un poco nuestro futuro.
Reaprendemos las rutinas. Cada periodo adoptamos una distinta, que no nueva. Ahora retomo la costumbre de acudir al trabajo. Todo parece igual, pero no lo es. Hace días que echo en falta a Mohamed. No nos hemos cruzado todavía. Yo atravieso la plaza en la que cada mañana nos saludábamos -hola, ¿cómo estás?-, pero no lo veo. Pienso que quizá se haya ido a su país. Allí él era un rey tribal, respetado y querido (puede que temido) por sus iguales. Aquí, él es un barrendero amable. En su poblado, vivía en una casa de adobe y ramajes; y aquí, en unos bajos de 30 metros cuadrados orientados a una peña húmeda. Entre sus gentes, hablaba varios dialectos según con quienes tratara. Aquí, aprendió a hablar el castellano y balbuceaba bastantes palabras en catalán.
Hoy he preguntado por él al joven que sustituye a Med (así se hacía llamar, en una aféresis muy acorde con la costumbre catalana de acortar las palabras por el principio). No me ha entendido. No habla ni castellano, ni catalán. He probado con el francés, pero su único lenguaje era una sonrisa agradecida, como la del primer día que Med y yo cruzamos nuestro primer saludo.
Empieza otro curso.

